Toxina

Eres el dolor más dulce, mi droga. La toxina que, lenta y sensualmente, destruía el universo que habíamos creado.
Te di el papel de héroe y villano al mismo tiempo. Me encantaba presionarte, celarte, sentir que me reclamabas como tuya. Me fascinaba que, en arrebatos de pasión, me estrujaras y exprimieras cada gota del deseo que tú mismo causabas.
Mi cuerpo se erizaba solo al imaginar tus ojos clavados en mí, como un aguijón que penetra en la piel y duele más cuando intentas sacarlo. Podía sentir tu mirada en cada historia que subía, verte deseando mi piel mientras seguías mis bailes lentos y sensuales. Podía ver cómo te detenías en mi escote, anhelando saciar ese instinto primitivo y animal, arrancando los botones que se negaban a ceder y mantenían intacta la desnudez de mis pechos.
Era ese mismo instinto el que te llenaba de rabia al pensar que otros podían mirar; que no solo tú tenías acceso a este espectáculo. Pero ambos sabíamos que era para ti. Aunque me vieran mil personas, solo tú poseerías mi cuerpo, mi sexo, mi piel y mis deseos.
Solo en ti era yo capaz de saciar mi debilidad por el villano de la historia.
En un vaivén al ritmo de mis caderas, como quien trata de encantar y dominar a una serpiente, mi cuerpo te decía: «Ven, búscame, sabes dónde encontrarme». No pondré resistencia... o quizá sí. Las fichas del juego ya estaban sobre la mesa y tú sabías perfectamente cómo jugar.
En más de una ocasión traté de evitarlo, pero mi cuerpo, como si no respetara mi duelo o mi necesidad de estar sobria de ti, te buscaba y te anhelaba a gritos. Al mismo tiempo, mis dedos —como los de un ciego reconociendo cada signo en braille— se apresuraban a buscar tu perfil para escribirte: «¿Dónde estás? Me haces falta. Te deseo».
Así, en mi necesidad de ti, cuando por fin obtenía un poco del amor que andaba buscando, mi deseo se convertía en soledad y mi soledad en tristeza. Sola y triste regresaba a casa. Me derrumbaba en la misma silla donde empezó todo, donde me atreví a salir de mi zona de confort, de mi seguridad; donde me atreví a escribirte y conocer tu feroz apetito por poseerme y después desecharme, como el lobo que devora a su presa y se va en busca de más.
Así regresaba, sola y harta, con esa seguridad efímera y vacía.
Dejando que la noche consumiera el amor que te tenía, me disponía a dormir, sabiendo que en la mañana el ciclo se repetiría. Héroe y villano. Conocías tu papel y lo interpretabas a la perfección. Y yo, encantada, sabiendo que eras la toxina que había elegido para que me destruyera y me hiciera daño, día tras día.

Comments

Popular Posts