Agotada

Me dabas amor con un gotero, apenas lo suficiente para sobrevivir, para no morir de sed. Yo esperaba pacientemente mi pequeña dosis; a veces me dabas dos gotas y me hacías la mujer más feliz del mundo. Te creí cuando dijiste que sería eterno, que juntos conquistaríamos el mundo. Creí cada una de tus palabras y me sentí la mujer más afortunada. Podía estar en casa, podía ver a nuestros hijos crecer, llevarlos a la escuela y estar allí a primera hora esperando por ellos. Me despedía cada lunes de ti, sabiendo que regresarías y volverías a llenar nuestro hogar de felicidad.

Al principio, me costó separarme de ti; te extrañé cada noche. Me escondí en el refugio de las cobijas, deseando que los ruidos se alejaran, deseando que el miedo dejara de cosquillear en mi piel. Apretando los dientes cada noche, rezaba para que el cansancio me venciera.

Primero fue una semana, la semana más difícil de mi vida. Me sentí un poco torpe y desconcertada, ya que me había acostumbrado a tu presencia. Ahora, tu ayuda se limitaba a direcciones en llamadas y largas explicaciones a nuestros hijos sobre por qué ya no dormías con nosotros. Aún así, tenía la esperanza de verte llegar cada viernes. Preparaba mis oídos para recibir el crujido de las ruedas con la graba que anunciaba tu llegada. Ahora, el chasquido de una simple rueda aceleraba mi corazón.

Pasaron de ser solo días a convertirse en una o dos semanas. Tus llamadas cada día eran más escasas. A veces, tenía que escribirte en más de una ocasión para leer un simple "Estoy cansado, hoy fue un día pesado". Yo me sentía terrible y hasta llegué a cuestionarme si realmente tenía el derecho a dudar, a extrañarte, a cuestionar por qué tardabas tanto en responder. Me sentía una esposa celosa y desagradecida, sabiendo el esfuerzo que estabas haciendo por nosotros, y yo aquí cuestionando todo.

Cada vez te veíamos menos y te esperábamos más; llegabas irritado, te molestaba el ruido, el desorden, evitabas hablar con nosotros, podíamos ver en tu rostro que, aunque estabas aquí, tu mente estaba en otro lado. Yo moría lentamente, ya no recibía siquiera una gota de cariño. Aún así, me levantaba temprano para hacer tu desayuno favorito, que extrañamente dejó de serlo. Yo esperaba con ansias tu llegada, mientras tú anhelabas la hora de volver a tu trabajo. Yo deseaba con toda el alma que te quedaras más días, que pasaras más tiempo con nosotros, pero eso ya no estaba en tus planes. Solo querías cumplir con tu papel de proveedor, querías trabajar y ahorrar para hacer nuestra casa más grande, mientras nuestro hogar se hacía más pequeño. Si me hubieras preguntado, te diría que cualquier espacio era suficiente mientras estuvieras tú con nosotros.

Así es como se muere en vida: morí por la ausencia de tus manos en mi piel, mi boca se cansó de esperarte y se secó, murió mi esperanza primero, y no al último como siempre pensé. No solo le pusiste distancia a nuestro amor, también olvidó y desatención. Quizá no me engañaste, o quizá sí, pero me sentí traicionada profundamente. Ahora, de vez en cuando me sigues dando gotas de amor, pero de nada sirven, son solo gotas vacías. No voy a permitir que la tristeza me consuma, poco a poco me enseñaste a vivir sin ti, a desprenderme del amor que nos arropaba. Me diste lecciones de olvido que superé llorando, gritando, en silencio en nuestra habitación que dejó de ser nuestra hace mucho tiempo. Ahora no espero más de ti, sino más de mí.

Comments

Popular Posts