Después de la media noche
Despierto, me falta el aire, mi mente está en blanco, trato de pensar y no encuentro nada, no veo nada, ningún pensamiento llega a mi mente, solo silencio. Todo esto pasa en cuestión de segundos y se repite. Siento parte de mi cuerpo inamovible como si me hubiera congelado, siento como mi cabeza se desconecta de mi cuerpo.
Mientras más me esfuerzo por buscar respuestas, el miedo me aprisiona, escrutinio mi cuerpo y apenas logro sentir palpitar mi corazón. Por fin me doy cuenta de lo inevitable y más me da miedo. Trato de volver a poner mi mente en blanco y no lo consigo; esta vez es como si pusieran a máxima capacidad mi cerebro. Comienzo a bombardear millones de pensamientos a gran velocidad, todos al mismo tiempo, todos con el mismo objetivo.
Pienso en la muerte, en morir, trato de encontrarle significado o razón, trato de entender por qué tenemos que llegar ahí. Pero no hay respuestas, y más me aterra. Me duele el no saber qué va a pasar o cuándo o cómo. Me aterra el no saber cómo enfrentarme o siquiera cómo prepararme.
Cuando por fin logro calmar la tormenta de pensamientos que asedian y acechan mi mente, como si esperaran cualquier paso en falso para devorarme, como si se tratara de la calma en medio del huracán, con una urgencia coordinada busco la manera de escribirte que te quiero.
No me preguntes por qué, no tengo respuestas, no sé si existe alguna historia incompleta en mi mente contigo, no sé si una parte dentro de mí se siente íntimamente conectada contigo. Porque, desde mi temor a partir, te busco, y lo sé porque me escucho decir en mi mente, como si mi yo interior me diera direcciones. Tengo que decirte que te quiero.
Entonces con tal urgencia me levanto, busco mi teléfono y como si solo estuviera programado en ese momento para cumplir con tan importante tarea, sin ninguna otra razón te escribí que te quiero.
Comments
Post a Comment