Olvidar
Quería olvidar que tenía que obedecer. Pero había algo más que quería olvidar: que me regañaste por llegar tarde. Y también que peleamos porque no hice mis deberes cuando me lo pediste. Quería olvidar y lo dije con tanta fuerza, esperando que se cumpliera mi deseo.
Avenida Insurgentes, esquina con Benito Juárez. Estoy seguro de que era ahí. Tenía que dar vuelta después del semáforo y cerca de la tienda de pinturas se encontraba la panadería, pero no, no está, la han movido o simplemente no es la dirección. Detuve el carro después de dar tres vueltas en círculo. Sentí un escalofrío que empezaba a recorrer mi cuerpo, desde la palma de mis pies subía lentamente hasta que me hizo derramar unas cuantas lágrimas, lágrimas frías y pesadas.
Me preguntaba una y otra vez: ¿cómo fue que me perdí? ¿Cómo es posible que no encontrara ese lugar que conocía tan bien? Solía pasar con mi esposa por ahí y llevar unas conchas de vainilla y pan de nata, su pan favorito. Siempre me decía, deberíamos ir a la ciudad, visitar a nuestra hija Julieta y de regreso traer un poco de pan, para desayunar durante la semana. Yo era más simple y cualquier pan que tuviera azúcar era suficiente para mí. Cada que viajaba a la ciudad tenía que hacer una parada obligatoria a esa panadería. Los ojos de mi esposa se llenaban de infinita felicidad al verme llegar con una pequeña bolsa de papel llena de pan. Ella era así, los pequeños detalles eran importantes, podía yo darle un gran regalo pero ella disfrutaba más de algo más íntimo, algo que tuviera un significado que solo ella entendiera. No estaba perdiendo solo una dirección, estaba perdiendo la conexión con mi pasado, con mi esposa, con nuestra hija Julieta. La panadería era un recordatorio de la felicidad que compartimos, y ahora se estaba desvaneciendo, como si nunca hubiera existido.
Estoy perdiendo la memoria. Al principio, creí que olvidar era bueno, así dejaba atrás algunos recuerdos no tan agradables de mi juventud. Así podría olvidar errores de mi pasado y seguir adelante con mi vida. Pero esta vez estaba olvidando de verdad. Números, caras y momentos se desvanecían poco a poco. Y también lugares y recuerdos, todo lo que atesoraba, se estaba escapando de mí, sin que pudiera hacer nada para detenerlo.
Miré fijamente mis ojos tratando de recordar el lugar al cual siempre veníamos y me sentí tan torpe por olvidar una simple dirección. Por primera vez, me enfrentaba a este golpe de realidad que venía ignorando hace tiempo, cuando encontré mis zapatos dentro del horno de la estufa y creí que había sido una broma de los niños. "Estúpidos niños", pensé. "Estúpida juventud, estúpida estupidez humana". Sabía que era posible que yo mismo hubiera dejado los zapatos y luego lo olvidara. Sin embargo, era más fácil enfadarme y culpar a los demás que aceptar la verdad.
Encendí el carro, mis manos temblaban, tenía dificultades para respirar, me dirigí a casa, sabiendo que nada sería lo mismo. Me esforcé por concentrarme en la carretera mientras secaba las lágrimas en mis ojos. La carretera parecía desdibujarse ante mí, y mi mente vagaba de nuevo hacia la dirección olvidada. Me preguntaba una y otra vez cómo había sido posible olvidarla. Al llegar a casa, solo tenía una idea en mente: buscar un rastro, una pista que me ayudara a recordar el nombre del lugar, alguna pista que arreglara este recuerdo roto que se caía poco a poco en pedazos. Respiré profundo y estuve varias horas buscando, tratando de desatar este nudo en la garganta que me apretaba cada vez más fuerte. Justo cuando pensaba que no podía seguir, me distrajo la puerta de la alacena que había perdido algunos tornillos y ahora no cerraba tan bien. Me salvó el recuerdo de mi esposa diciendo: "Esa puerta ya no cierra, deberías revisarla antes de que se rompa por completo". Habían pasado algunas semanas desde aquella inoportuna aventura; esa mañana desperté, me di un baño y me dirigí al trabajo; las horas pasaron rápido, como cualquier día normal. Regresando a casa, me detuve a mirar el calendario de pared que tenía en la cocina, dónde usualmente anoto mis actividades y recordatorios; irónicamente, había perdido una cita médica a la cual debí asistir esa mañana. Inmediatamente tomé el teléfono y llamé. Me contestó una señorita muy amable; me disculpé y pedí reprogramar la cita. Me dijo con una voz de incredulidad: "¿Está seguro que va a poder asistir? Es la segunda vez que se reprograma esta cita". "La segunda vez", respondí, "si disculpe, creo que este viejo está perdiendo la memoria", le dije con una risa irónica y vacía. "Aténdeme para mañana, si es posible, claro, a la misma hora", pregunté. "Sí, misma hora y mismo lugar", bromeé, y después de unas cuantas risas falsas colgamos.
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