Un sueño

 Tuve un sueño, quise quedarme en él eternamente. Mi corazón estaba tan feliz que decidí darle la oportunidad de volver a sentir, comencé a vivir de nuevo, a sentir. Fue diferente a todos los demás, pues sentí con el corazón y no con la mente, sin miedo a equivocarme, ya que todos se equivocan.

En mi sueño, tu rostro deslumbraba la habitación donde comenzó todo, donde me sentí libre. La imaginación me hizo creer que estaba vivo, que el dolor de los años desgastando mis recuerdos se marchaba. En mi sueño, tus labios me animaban a seguir adelante, prometiendo que estarías tras de mí por si resbalaba. Mis manos sabían que ahí estarías para jugar, como tantas veces lo hacías. Me miraba corriendo tras de ti, persiguiendo un sueño, cuando de pronto, la vida se me escapó como en un segundo, como cuando pierdes todo por apostarle a lo equivocado, como quien dice "lo tengo todo" y se enorgullece, de repente se le es quitado, quedando en una profunda tristeza. Así se marchaba mi alegría con mi vida corriendo tras de ella, mis pasos tratando de alcanzar sus sueños, tropezando por querer estar con ella.

No pude quitarle los ojos de encima, es de un aspecto agradable, dulce y suavemente hermoso, aunque no lo puedes notar tan fácil, pues sus ojos te impiden ver más allá de ellos. Comenzaré por explicar las reacciones que experimento al mirarme en sus ojos: cuando te mira suavemente por encima del cristal de sus lentes, te hipnotiza, tu realidad se ve alterada, no sabes si tú la estás mirando o ella a ti. Tiene el toque preciso de ternura, con una extraña mezcla de sutileza, puede conmover todos tus sentidos o robarte una sonrisa, puede expresar su desprecio o pedirte que tan solo la entiendas y te quedes con ella.

Cuando se sentó a mi lado, el calor de su corazón me arrullaba, sus latidos y mis latidos parecían uno solo. Recuerdo que me preguntó si mis padres conocían de ella, creo que estaba un poco nerviosa, pues estaba al lado de un perfecto desconocido. Digo perfecto porque era yo, y desconocido pues porque no me conocía, ja, ja, ja. Aún así, me dijo palabras dulces, que acariciaban suavemente mi corazón. Estaba totalmente conmovido, mientras avanzábamos me contaba un poco de ella, que tenía mucho contacto con su mamá, y por el brillo en sus ojos no pude dudarlo.

Esos momentos se transformaron en segundos. Me mostró su ternura, sus sueños. Cuando hablaba, sus labios dulcemente se abrían y cerraban como acariciando el viento. Mis ojos estaban confundidos, no se decidían si mirar el camino o mirarse en ella. Y ella me regaló su amistad sin preguntar ni condicionarme.

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